Palestina: acceso denegado
Rafael Escudero Alday - Profesor titular de Filosofía del Derecho en la Universidad Carlos III de Madrid
Diario Público - 22 sep 2011
La pretensión palestina de convertirse en miembro de pleno derecho de Naciones Unidas va camino de frustrarse por el anuncio adelantado del presidente Obama de vetar su solicitud. La Carta de las Naciones Unidas establece que la admisión de nuevos miembros compete a la Asamblea General por mayoría de dos tercios, previa recomendación del Consejo de Seguridad. Para ello, la solicitud debe contar con el voto favorable de nueve de sus 15 miembros, siempre que ninguno de los permanentes ejerza su derecho de veto, como es el caso.
Ante tal tesitura, la Autoridad Nacional Palestina puede optar por una segunda vía: acudir a la Asamblea General para que apruebe una declaración de reconocimiento internacional del Estado palestino y eleve su estatus en Naciones Unidas. Pasaría así de su actual condición de observador permanente, de la que goza desde 1988, a la de Estado observador permanente, como es el caso del Vaticano. Aún insuficiente, esta declaración tendría efectos políticos: situaría a Palestina en las Naciones Unidas como un Estado no miembro, a las puertas de su entrada como miembro de pleno derecho; supondría el reconocimiento del Estado palestino por quienes votasen a favor y colocaría en una difícil situación a quien vetara en el Consejo de Seguridad la plena admisión. Incluso, le permitiría ratificar el Estatuto de la Corte Penal Internacional, algo que aterroriza al Gobierno israelí.
La existencia del Estado palestino no depende del resultado de esa votación, sea cual fuere. Su origen se remonta al Plan de Partición de Naciones Unidas de 1947, donde se propugnaba la creación de dos estados, israelí y palestino. Pero, mientras que el primero se consolidó rápidamente en el escenario internacional, la ocupación israelí impidió que sucediera lo mismo con el segundo. Ello llevó a Naciones Unidas a reconocer en 1974 el derecho del pueblo palestino a la autodeterminación política, a la independencia y soberanía nacional y a fundar su propio Estado. En ejercicio del mismo, el Consejo Nacional Palestino declaró en 1988 el establecimiento del Estado palestino en las fronteras de 1967 y con capital en Jerusalén Este, aceptando así la solución de los dos estados.
Desde entonces, Palestina mantiene relaciones diplomáticas y comerciales con muchos estados, otros tantos la reconocen como tal, y participa con voz propia en organismos internacionales. Además, en los últimos años, las autoridades palestinas han afianzado infraestructuras e instituciones políticas y económicas propias de los estados, reforzando su gobernabilidad. Organismos poco sospechosos de fomentar aventuras revolucionarias como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional acaban de refrendar la viabilidad de sus instituciones. A pesar de la ilegal ocupación de sus territorios y de la usurpación de su soberanía por parte de Israel, Palestina hoy es un Estado. Ocupado, sí, pero un Estado.
Poco tardó el Gobierno israelí en descalificar la solicitud palestina (de intento de “destrucción del Estado judío” la tildó su ministro de Asuntos Exteriores), amenazando con graves consecuencias y afirmando que la paz y el reconocimiento del Estado palestino sólo podrán llegar de la mano de las negociaciones directas entre las dos partes. Es un sarcasmo la invocación a la negociación en boca de un Gobierno que se afana en la construcción de asentamientos; traspasa las fronteras internacionalmente reconocidas de 1967; niega una posible capitalidad compartida en Jerusalén; rechaza el derecho al retorno de los refugiados; y añade, como nueva condición, el reconocimiento del carácter judío del Estado de Israel. Que se burla, en suma, de todas y cada una de las resoluciones de organismos internacionales y normas del Derecho internacional aplicables al conflicto y su resolución.
El Gobierno israelí ha vuelto a convencer a sus aliados comerciales, Estados Unidos y la Unión Europea. Embarcado ya en una larga campaña electoral, en el ánimo de Obama ha pesado más el intento de atraer para sí al influyente lobby proisraelí que el recuerdo de los momentos iniciales de su mandato, cuando presionó para que cesara la construcción de colonias en Palestina, o la coherencia con sus declaraciones en apoyo de los vientos democráticos que traen las revueltas árabes.
Por su parte, la Unión Europea pierde otra ocasión de oro. Sus gestiones se limitan a conseguir que Palestina desista de sus intenciones y, a lo sumo, se conforme con la mejora en su estatus dentro de Naciones Unidas. Esta es también la línea del Gobierno español, que apoyaría la incorporación de Palestina, pero sólo como Estado observador y con la condición de que renuncie al derecho de acudir a la Corte Penal Internacional. Una propuesta de mínimos, poco comprometida con la cultura del respeto a los derechos humanos y la lucha contra la impunidad, pero que le permite salvar los muebles con su homólogo de Tel Aviv.
Tanto el veto de Obama como la indefinición europea refuerzan la exitosa política de hechos consumados del Gobierno israelí. Puede ganar todavía más tiempo mientras consolida a marchas forzadas la ocupación. De ahí la importancia de la iniciativa palestina: abrir un nuevo y plural escenario político que termine con el bilateralismo en el que el conflicto estaba enclaustrado. En definitiva, una apuesta por devolver su resolución al lugar y marco del que nunca debió salir: Naciones Unidas y el Derecho internacional.
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IU reclama el reconocimiento del Estado Palestino y una reforma democrática de las Naciones Unidas
Viernes, 23 de septiembre de 2011
El presidente de la Autoridad Nacional Palestina ha entregado a Ban Ki Moon una carta de petición de reconocimiento del Estado palestino como miembro de pleno derecho de la ONU: "nadie con un mínimo de conciencia puede rechazar nuestra solicitud", señaló.
Durante su intervención ante la Asamblea General Mahmud Abbás ha denunciado la política de colonización israelí y ha hecho un llamamiento a la paz y al diálogo desde la equidad en la relación entre el Estado palestino y el Estado de Israel. Asimismo, ha solicitado el reconocimiento pleno del Estado palestino que incluya Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este, y su ingreso en las Naciones Unidas como miembro número 194.
Para Willy Meyer, "el reconocimiento oficial del Estado Palestino sería un paso adelante muy importante ya que permitiría ejercer presión sobre Israel para que detenga inmediatamente su genocida política de expansión mediante asentamientos ilegales de colonos, posibilitando así el avance en las negociaciones de paz, y acercando la solución al conflicto consistente en la creación de dos Estados con igualdad soberana".
Para el eurodiputado de Izquierda Unida, "el veto de Estados Unidos vuelve a poner en entredicho a la ONU, dejando en evidencia su arquitectura antidemocrática, insostenible en el siglo XXI. La creación del Estado palestino cuenta con un respaldo prácticamente unánime de la comunidad internacional. Y Obama al impedir esta legítima reivindicación con su veto tuerce la voluntad de la inmensa mayoría de los países que la conforman".
Por ello, "el caso palestino es un ejemplo más de la extrema necesidad de rediseñar y reestructurar las Naciones Unidas, de manera que ni Estados Unidos ni ningún otro país pueda vetar un acuerdo que cuenta con el respaldo de la mayoría de los miembros de la Asamblea General. Además, resulta insólito que ni siquiera se acepte una propuesta tan tibia como la de Sarkozy consistente en que Palestina reciba un estatus de Estado observador con un año de plazo para alcanzar un acuerdo definitivo", continuó Meyer.
"La postura de Estados Unidos es lamentable. Que un Premio Nobel de la Paz afirme que 'la paz no se alcanza con declaraciones y resoluciones de la ONU' demuestra un gran cinismo por su parte y evidencia la urgente necesidad de rediseñar las Naciones Unidas. Si las negociaciones directas están estancadas es por la decisión de Israel de proseguir con su política de hechos consumados y continuar con la expansión de los asentamientos de colonos", prosiguió.
"Las actuaciones criminales del Gobierno de Israel, con la continuación de los asentamientos de colonos o el criminal bloqueo sobre la Franja de Gaza, deben tener una respuesta contundente por parte de la comunidad internacional que concluya cuanto antes el proceso de paz en Oriente Próximo".
Asimismo, Meyer ha condenado la "brutal represión de manifestantes palestinos, que han causado hoy múltiples heridos y la muerte de al menos un palestino a manos del Ejército israelí".
El responsable de política internacional de Izquierda Unida recordó que desde la formación de izquierdas "damos la bienvenida al Estado palestino y no descansaremos hasta conseguir que el pueblo palestino disfrute en paz de sus legítimos e inalienables derechos, reconocidos por el derecho internacional y por las innumerables resoluciones de las Naciones Unidas".
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Discurso de Chávez en la ONU: Reconocer la soberanía de Palestina es un acto de justicia
Miraflores, 17 de septiembre de 2011
Su Excelencia Ban Ki-Moon Secretario General Organización de las Naciones Unidas
Señor Secretario General: Distinguidos representantes de los pueblos del mundo:
Dirijo estas palabras a la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, a este gran foro donde están representados todos los pueblos de la tierra, para ratificar, en este día y en este escenario, el total apoyo de Venezuela al reconocimiento del Estado palestino: al derecho de Palestina a convertirse en un país libre, soberano e independiente. Se trata de un acto de justicia histórico con un pueblo que lleva en sí, desde siempre, todo el dolor y el sufrimiento del mundo.
El gran filósofo francés Gilles Deleuze, en su memorable escrito La grandeza de Arafat, dice con el acento de la verdad: La causa palestina es ante todo el conjunto de injusticias que este pueblo ha padecido y sigue padeciendo. Y también es, me atrevo agregar, una permanente e indoblegable voluntad de resistencia que ya está inscrita en la memoria heroica de la condición humana. Voluntad de resistencia que nace del más profundo amor por la tierra.
Mahmud Darwish, voz infinita de la Palestina posible, nos habla desde el sentimiento y la conciencia de este amor: No necesitamos el recuerdo/ porque en nosotros está el Monte Carmelo/ y en nuestros párpados está la hierba de Galilea./ No digas: ¡si corriésemos hacia mi país como el río!/ ¡No lo digas!/ Porque estamos en la carne de nuestro país/ y él está en nosotros.
Contra quienes sostienen, falazmente que lo ocurrido al pueblo palestino no es un genocidio, el mismo Deleuze sostiene con implacable lucidez: En todos los casos se trata de hacer como si el pueblo palestino no solamente no debiera existir, sino que no hubiera existido nunca. Es, cómo decirlo, el grado cero del genocidio: decretar que un pueblo no existe; negarle el derecho a la existencia.
A propósito, cuánta razón tiene el gran escritor español Juan Goytisolo cuando señala contundentemente: La promesa bíblica de la tierra de Judea y Samaria a las tribus de Israel no es un contrato de propiedad avalado ante notario que autoriza a desahuciar de su suelo a quienes nacieron y viven en él. Por eso mismo, la resolución del conflicto del Medio Oriente pasa, necesariamente, por hacerle justicia al pueblo palestino; éste es el único camino para conquistar la paz.
Duele e indigna que quienes padecieron uno de los peores genocidios de la historia, se hayan convertido en verdugos del pueblo palestino: duele e indigna que la herencia del Holocausto sea la Nakba. E indigna, a secas, que el sionismo siga haciendo uso del chantaje del antisemitismo contra quienes se oponen a sus atropellos y a sus crímenes.
Israel ha instrumentalizado e instrumentaliza, con descaro y vileza, la memoria de las víctimas. Y lo hace para actuar, con total impunidad, contra Palestina. De paso, no es ocioso precisar que el antisemitismo es una miseria occidental, europea, de la que no participan los árabes. No olvidemos, además, que es el pueblo semita palestino el que padece la limpieza étnica practicada por el Estado colonialista israelí.
Quiero que se me entienda: una cosa es rechazar al antisemitismo, y otra muy diferente aceptar pasivamente que la barbarie sionista le imponga un régimen de apartheid al pueblo palestino. Desde un punto de vista ético, quien rechaza lo primero, tiene que condenar lo segundo.
Una digresión necesaria: es francamente abusivo confundir sionismo con judaísmo; no pocas voces intelectuales judías, como las de Albert Einstein y Erich Fromm, se han encargado de recordárnoslo a través del tiempo. Y, hoy por hoy, es cada vez más numerosa la ciudadanía consciente que, en el propio Israel, se opone abiertamente al sionismo y a sus prácticas terroristas y criminales.
Hay que decirlo con todas sus letras: el sionismo, como visión del mundo, es absolutamente racista. Estas palabras de Golda Meir, en su aterrador cinismo, son prueba fehaciente de ello: ¿Cómo vamos a devolver los territorios ocupados? No hay nadie a quien devolverlo. No hay tal cosa llamada palestinos. No era como se piensa que existía un pueblo llamado palestino, que se considera él mismo como palestino y que nosotros llegamos, los echamos y les quitamos su país. Ellos no existían.
Necesario es hacer memoria: desde finales del siglo XIX, el sionismo planteó el regreso del pueblo judío a Palestina y la creación de un Estado nacional propio. Este planteamiento era funcional al colonialismo francés y británico, como lo sería después al imperialismo yanqui. Occidente alentó y apoyó, desde siempre, la ocupación sionista de Palestina por la vía militar.
Léase y reléase ese documento que se conoce históricamente como Declaración de Balfour del año 1917: el Gobierno británico se arrogaba la potestad de prometer a los judíos un hogar nacional en Palestina, desconociendo deliberadamente la presencia y la voluntad de sus habitantes. Hay que acotar que en Tierra Santa convivieron en paz, durante siglos, cristianos y musulmanes, hasta que el sionismo comenzó a reivindicarla como de su entera y exclusiva propiedad.
Recordemos que, desde la segunda década del siglo XX, el sionismo, aprovechando la ocupación colonial británica de Palestina, comenzó a desarrollar su proyecto expansionista. Al concluir la Segunda Guerra Mundial, se exacerbaría la tragedia del pueblo palestino, consumándose la expulsión de su territorio y, al mismo tiempo, de la historia. En 1947 la ominosa e ilegal resolución 181 de Naciones Unidas recomienda la partición de Palestina en un Estado judío, un Estado árabe y una zona bajo control internacional (Jerusalén y Belén). Se concedió, vaya qué descaro, el 56% del territorio al sionismo para la constitución de su Estado. De hecho, esta resolución violaba el derecho internacional y desconocía flagrantemente la voluntad de las grandes mayorías árabes: el derecho de autodeterminación de los pueblos se convertía en letra muerta.
Desde 1948 hasta hoy, el Estado sionista ha proseguido con su criminal estrategia contra el pueblo palestino. Para ello, ha contado siempre con un aliado incondicional: los Estados Unidos de Norteamérica. Y esta incondicionalidad se demuestra a través de un hecho bien concreto: es Israel quien orienta y fija la política internacional estadounidense para el Medio Oriente. Con toda razón, Edward Said, esa gran conciencia palestina y universal, sostenía que cualquier acuerdo de paz que se construya sobre la alianza con EEUU será una alianza que confirme el poder del sionismo, más que confrontarlo.
Ahora bien: contra lo que Israel y Estados Unidos pretenden hacerle creer al mundo, a través de las transnacionales de la comunicación, lo que aconteció y sigue aconteciendo en Palestina, digámoslo con Said, no es un conflicto religioso: es un conflicto político, de cuño colonial e imperialista; no es un conflicto milenario sino contemporáneo; no es un conflicto que nació en el Medio Oriente sino en Europa.
¿Cuál era y cuál sigue siendo el meollo del conflicto?: se privilegia la discusión y consideración de la seguridad de Israel, y para nada la de Palestina. Así puede corroborarse en la historia reciente: basta con recordar el nuevo episodio genocida desencadenado por Israel a través de la operación “Plomo Fundido” en Gaza.
La seguridad de Palestina no puede reducirse al simple reconocimiento de un limitado autogobierno y autocontrol policíaco en sus “enclaves” de la ribera occidental del Jordán y en la franja de Gaza, dejando por fuera no sólo la creación del Estado palestino, sobre las fronteras anteriores a 1967 y con Jerusalén oriental como su capital, los derechos de sus nacionales y su autodeterminación como pueblo, sino, también, la compensación y consiguiente vuelta a la Patria del 50% de la población palestina que se encuentra dispersa por el mundo entero, tal y como lo establece la resolución 194.
Es increíble que un país (Israel) que debe su existencia a una resolución de la Asamblea General, pueda ser tan desdeñoso de las resoluciones que emanan de las Naciones Unidas, denunciaba el padre Miguel D’Escoto cuando pedía el cese de la masacre contra el pueblo de Gaza, a finales de 2008 y principios de 2009.
Señor Secretario General y distinguidos representantes de los pueblos del mundo:
Es imposible ignorar la crisis de Naciones Unidas. Ante esta misma Asamblea General sostuvimos, en el año 2005, que el modelo de Naciones Unidas se había agotado. El hecho de que se haya postergado el debate sobre la cuestión palestina, y que se le esté saboteando abiertamente, es una nueva confirmación de ello.
Desde hace ya varios días, Washington viene manifestando que vetará en el Consejo de Seguridad lo que será resolución mayoritaria de la Asamblea General: el reconocimiento de Palestina como miembro pleno de la ONU. Junto a las Naciones hermanas que conforman la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), en la Declaración de reconocimiento del Estado palestino, hemos deplorado, desde ya, que tan justa aspiración pueda ser bloqueada por esta vía. Como sabemos, el imperio, en éste y en otros casos, pretende imponer un doble estándar en el escenario mundial: es la doble moral yanqui que viola el derecho internacional en Libia, pero permite que Israel haga lo que le dé la gana, convirtiéndose así en el principal cómplice del genocidio palestino a manos de la barbarie sionista. Recordemos unas palabras de Said que meten el dedo en la llaga: Debido a los intereses de Israel en Estados Unidos, la política de este país en torno a Medio Oriente es, por tanto, israelocéntrica.
Quiero finalizar con la voz de Mahmud Darwish en su memorable poema Sobre esta tierra: Sobre esta tierra hay algo que merece vivir: sobre esta tierra está la señora de/ la tierra, la madre de los comienzos, la madre de los finales. Se llamaba Palestina. Se sigue llamando/ Palestina. Señora: yo merezco, porque tú eres mi dama, yo merezco vivir.
Se seguirá llamando Palestina: ¡Palestina vivirá y vencerá! ¡Larga vida a Palestina libre, soberana e independiente!
Hugo Chávez Frías Presidente de la República Bolivariana de Venezuela